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sábado, 5 de enero de 2013

Un azulejo blanco


Aves en un pantanal de Mato Grosso (Brasil)
Fotografía de Mike Bueno (2010)


Me hubiera quedado allí el resto de mi vida. Mirando aquel azulejo blanco, aquel punto negro; escuchando el pasar de gente desconocida caminando hacia una dirección posiblemente equivocada. Encerrada en uno de los dos baños de la primera planta sentía como mi respiración se aceleraba, el sonido parecía derramarse en el pecho, en los oídos y hasta por las paredes de la estrecha habitación. Esto es la intimidad, pensé, una hermosa y triste metáfora, un intento desesperado por salvaguardar lo sagrado.

Y así estaba yo, sentada sobre la taza del inodoro, puerta izquierda, primera planta. No era lugar para llorar, ni para refugiarse, ni para esconderse. Aquel habitáculo solo conjugaba con verbos como verter, deshacer, abandonar, y aún así, había algo lírico en él. Como en Memento retrocedí la memoria en imágenes: azulejo blanco, punto negro,  respiración agitada, gota fría surcando los labios, frío en las manos. El mundo parecía en calma, sí -¿por qué no?-, una pequeña gota de caos no es nada frente a un universo.

Me enjugué las lágrimas y crucé la puerta. Me miré en el espejo -continúa-, me lavé las manos -sigue-, recogí la mochila y la chaqueta -no te pares-, y salí al pasillo. Arrastré mis pies hasta la mesa más próxima, deposité en ella mis cosas, aparté la silla y me senté.

Sí, esa era yo, un color invisible, un frecuencia inalcanzable, una imagen más, una persona menos. Extraje mi libreta y un lápiz -respira-. Y comencé a escribir: 


"Me hubiera quedado allí el resto de mi vida [...]".


Un Piano Sur La Mer - André Gagnon