Supongo que sabrás que la bondad es un bien escaso. Petróleo, piedras preciosas, agua, también lo son. Sin embargo, ella conservó inexplicablemente intacta la ingenuidad y la inocencia durante todos aquellos años. Nunca tuvo conciencia de ello, al contrario, ojalá hubiera sabido que tanto dolor solo procedía de aquella fuente incesante que era su bondad.
Una romántica idealista que apostaba por sus ideales hasta que comprobó que era su vida o la de los Otros. Bien sabe Dios, si es que existe, que ella hubiera muerto por sus ideales. Pero la Muerte es esquiva con quien no teme morir. Minutos hilados hasta consumirse, eso era todo lo que sabía de la muerte.
Y así como se consumían los minutos de su vida, también se consumía la dulce benevolencia de su alma. Allí donde se habían sembrado violetas y nardos comenzó a abrirse paso la hiedra, salvaje y venenosa. Esta vez sí sabía de dónde venía el odio y el rencor que la estaba invadiendo. Cierto era que estaba dispuesta a morir por sus ideales, sí, pero también a ver morir a los Otros por defenderlos. Una mezcla peligrosa se estaba forjando en sus adentros, colándose por cada grieta de su cabello, cada orificio de su cuerpo, cada poro de su piel.
Quizá dirás que es imposible que la bondad y la maldad se unan en un mismo ser, pero ella no era alguien real que siguiera los cánones de este mundo. Y sé que no me creerás, tendrías que morir y nacer de nuevo para creerme, lo sé. Sin embargo, créeme: aún siendo la bondad un bien escaso, en ella era tan infinita como la maldad. Dos fluidos de distinta naturaleza coexistían en su interior otorgando a quienquiera que tan solo la rozase su justo merecido. La clemencia simplemente era invisible.
Era ella, la ejecutora, la justiciera. Sé que muchos habrían querido aniquilarla; otros no habrían dudado en amarla hasta el fin. Sin embargo, nadie supo nunca a quién salvo ni a quien exterminó.
- ¿Y entonces tú cómo lo sabes?- preguntó el joven.
- Entonces dice usted que nació en Sacramento pero que ha vivido casi toda su vida aquí.
- Sí, así es -dijo con voz temblorosa Elías-. La verdad es que prefiero la costa, el look habitual costero hace que cualquier hombre con un simple pantalón y camisa parezca elegante. Me gusta San Francisco -sonrió-.
El doctor Morrison arqueó una de sus cejas mientras le miraba por encima de sus gafas. Llevaba veintisiete años trabajando como especialista en problemas de conducta y no había habido ni un solo paciente que lo dejase indiferente, las ojeras del señor Ellison no auguraban que fuera a ser distinto.
- ¿He dicho algo extraño Dr. Morrison? -soltó una risilla nerviosa-.
- No, en absoluto, discúlpeme señor Ellison, me he distraído pensando en que tiene usted toda la razón, la gente de la costa tiene un gusto bastante informal a la hora de vestir, y si no ¡fíjese en mí! -volvió a mirar a su cuaderno al tiempo que reía-.
- Eso mismo pienso yo... pero fíjese, lo que me parece un desacierto social, para mí es una ventaja personal -hizo una pausa, como esperando recibir la confirmación de su idea en los ojos del doctor-. Y, por favor, puede llamarme Elías, si no siento que aún sigo en la oficina y me resulta incómodo.
- Claro, Elías... Elías, tuve un viejo amigo en la infancia que se llamaba así. Bueno, Elias ¿Por qué está aquí? -sonrió lacónicamente- .
La voz temblorosa de Elias afloró como un leve quejido, pero se aclaró la voz y contesto:
- Pues verá... No puedo dormir por las noches. No consigo dejar de pensar, ¿sabe? Desconectar.
- Entiendo -anotó algo en el cuaderno mientras asentía con la cabeza-. ¿Ha padecido usted algún trastorno del sueño? Como insomnio, terrores nocturnos, sonambulismo...
- No, nada de eso. Al menos que yo sepa, claro.
-¿Vive solo?
- Sí, bueno, ahora mismo vivo solo, durante los meses de verano. El resto del año vivo con mi sobrino Alfred. Está estudiando derecho, en la universidad de Berkeley, sabe usted.
- Entiendo. Y entonces, Elías ¿tiene algún problema o preocupación que le impida conciliar el sueño?
- No, lo cierto es que no. Llevo una vida muy ordenada. Solo concibo la vida así, con un orden inconsciente de las cosas, en el que lo uno va detrás de lo otro sin pausa.
- Así que es usted metódico en sus costumbres y hábitos.
- Sí, lo cierto es que sí. Yo no lo noto demasiado, llevo haciéndolo desde que tengo uso de razón. Mi madre, que en paz descanse, me inculcó una rigidez casi férrea en cuanto a estos hábitos, sabe usted.
- Comprendo -volvió a anotar algo en su cuaderno a la par que se subía las gafas hasta la altura de su ojos-. Entonces no ha habido ningún cambio, ni tiene ningún problema que usted reconozca. ¿Y en qué piensa durante las horas en que no puede dormir?
- En mi vecino -respondió rápidamente mientras mantenía la mirada fija en el doctor Morrison-.
- En su vecino... bien. ¿Qué le pasa con su vecino?
- Pues verá... -comenzó a frotarse las manos con lentitud- no sé cómo explicarlo, ni yo mismo lo entiendo
-la voz era cada vez más dubitativa y nerviosa, cogió aire y resopló-. Verá... yo... siento una desazón. Una especie de molestia constante que se manifiesta especialmente a la hora de dormir. El señor Fridge, bueno, mi vecino, quiero decir, es un hombre casado, con dos preciosas niñas y un jardín con butacas y piscina. Incluso tiene unos maceteros con geranios que yo mismo riego en los meses de verano, puesto que ellos se marchan a Sacramento con la madre de su esposa -hizo una breve pausa para mirar al doctor y continuó hablando atropelladamente-. La cuestión es que están de obras, están haciendo una especie de trastero subterráneo y...
- Un trastero -interrumpió el doctor-. En la casa de sus vecinos -Elias asintió con la cabeza- ¿Y le incomodan los ruidos derivados de la obra, quizá? -estaba claro que él tampoco iba a ser la excepción de sus pacientes, estaba sorprendiéndolo tanto como había imaginado-.
- No, no tiene nada que ver con eso -Elías se sentía cada vez más forzado a contar por primera vez qué era lo que no le dejaba conciliar el sueño, intentando sacar de sí mismo las palabras que tantas veces había pensando pero nunca verbalizado-. La cuestión es que ese trastero -hizo un gesto con los dedos para entrecomillar la palabra- no es precisamente para guardar los trastos que no tienen cabida en el resto de la casa.
- Vaya ¿Y entonces para qué lo usarán? ¿Algún fin poco lícito?
- Es un refugio -dijo en voz muy baja, susurrando-. Para salvaguardarse en caso de una especie de apocalipsis o fin del mundo, o algo así. No sé, en realidad, qué clase de terribles catástrofes pueden pueden acontecer a una familia, pero me parece una barbaridad.
- Entonces no le gusta que sus vecinos piensen que cabe la posibilidad de que el fin del mundo se acerque -el doctor Morrison quería llegar al quid de la cuestión, pero cuanto más indagaba menos comprendía-.
- No ¡qué tontería! -dijo con una pizca de indignación-. Me da exactamente igual lo que ellos piensen. Lo que me importa es que tienen un lugar para protegerse ¿De qué? No lo saben, pero ellos lo han construido. Y llevan embaucados en ese proyecto -de nuevo volvió a entrecomillar la palabra con los dedos- durante años.
- Bueno, quizá simplemente quieran tener una posibilidad de salvarse en caso de que eso suceda. Las creencias en este tipo de cosas son muy variadas, desde supersticiones, tradiciones familiares o simplemente religiosas. En cualquier caso, Elias, ¿por qué le impide eso dormir?
- Porque se salvarán -dijo en un tono tajante.
- Pero para salvarse primero deberían estar en peligro ¿no? Y que sepamos no corren ningún riesgo, ni ellos ni el resto de la humanidad, al menos, a este respecto. Además usted ha dicho que nadie puede anticipar semejante acontecimiento. Si sucede, es poco probable que sea algo predecible.
- Ya... pero ¿y si sucediera? Se salvarían, sobrevivirían.
- Bueno, permítame que le diga que en la misma situación habrá otras tantas familias e individuos, con parecidas o idénticas creencias; guardando en habitáculos subterráneos de sus casas latas y latas de sopa precocinada y barritas nutritivas. Si por un casual ocurriese algo, y si por un casual ellos se salvasen, se salvarían también muchas otras personas. Así que el señor Fridge y su familia solo serían una más de otras tantas.
- Ya, pero usted no conoce a los Fridge -su mirada parecía abstraerse en sus propias elucubraciones, estaba dejando de hablarle al doctor para hablarse así mismo-. Nadie les conoce... nadie. Usted no los ha visto como los he visto yo, día tras día, noche tras noche. Adorando su pequeño refugio.
- Elías -interrumpió el doctor- nos estamos desviando de su problema. No puede dormir por las noches ¿recuerda?
- Desviando la preocupación... -repitió, devolviendo la mirada al doctor-.
Sobrevivirán, esa palabra había resonado en la mente de Elías durante muchos meses.
El doctor Morrison, sin embargo, seguía sin comprender cual era la relación entre no poder dormir y necesitar esa ferviente seguridad; peor aún, no era capaz de atisbar el porqué no sentirse seguro venía determinado porque sus vecinos estuvieran construyendo un lugar donde esconderse si el fin del mundo se aproximaba. Después de todo, la seguridad es algo que nace en el interior de cada uno, algo que se cultiva y crece.
¿O no? -pensó para sí el doctor-.
Estaba en lo cierto. Elías quería poseer esa seguridad, esa sencilla manera de sentirse resguardado, de pensar que aferrándose a ese algo sobrevivirás a todo lo que acontezca. Elías había depositado su seguridad en la vida de los Fridge, de la misma manera que ellos habían puesto todas sus esperanzas en erigir un refugio dentro de su hogar. ¿Y qué pasaba con la triste idea de abandonar este mundo y dejar en él todo lo que te ha hecho sentir seguro? Fuese un refugio o una familia. Partir, después de morir, hacia un lugar desconocido; solo y desnudo, sabiendo que la vida continua, ahora sin ti.
No necesitas gran cosa. Solo una motivación y la confianza total en una ilusión. Un espejismo. Algo incorpóreo que en tu mente cobre vida y sentido. De hecho, son necesarios todos los sentidos. Ponle algo de color, el que más te guste, un toque de ese olor que tanto anhelas respirar, el tacto de algo que te dé tranquilidad, el sonido de esa canción que te hace sentir la victoria y el sabor... el sabor será tu recompensa.
Sucederá. Te irá llenando poco a poco, la notarás, pero no sabrás que es ella, será una caricia recorriéndote, noche tras noche. Un pensamiento analgésico antes de dormir y una razón vibrante antes de despertar. Será el gesto de aquel niño al cruzar; el tacto de la hierba un día de primavera; el sonido de una llave abriendo tu puerta. Será la que te esperará al final de las escaleras; la que te curará las heridas. Será, sobre todas las cosas, la más bella palabra dicha en todos los idiomas.
Estará dentro de ti; convirtiéndote en alguien mejor, alguien mucho mejor, creerás. Alguien que sonríe con ternura, alguien que da besos lentos, alguien que cocina con amor. Alguien feliz. Sentirás el alegre zigzagueo en el estómago, y, alguna inocente vez, una sutil punzada.
Es ella, no lo sabes y quizá no lo sepas nunca, pero no hay vuelta atrás, te ha calado. Crecerá lentamente, invadiendo tus huesos, tu sangre, tu sudor. El eco de tu voz y el olor de tu pelo; y tu piel, de terciopelo y nácar; y la cicatriz en tu vientre y hasta tu forma de cruzar las manos al dormir, son de ella. Todo cuanto construyeron en ti, ahora le pertenece.
Convivir con el dolor no es fácil, pero créela, entregarle la vida no será tu redención. Cuando ya no quede nada de ti, aún te quedará el recuerdo de lo que fue, de lo que significó, de esa luz que infundió con tanta facilidad como un día la extinguió. Verás la pasarela encerrado, desde tu insignificante mundo de cristal, y mentira a mentira, por fin saborearás esa extraña sensación de mirar la realidad con unas gafas que alguien graduó mal, muy mal.
No sabía cuánto tiempo había pasado ni desde cuándo estaba allí. Tenía los ojos cerrados cuando sintió el cosquilleo del pelo rozándole la cara. Un dulce despertar. Fue entonces, y no antes, cuando abrió los ojos y sonrió. Estaba nevando; pequeños, diminutos cristales de agua que se posaban en su cabello, bailaban levemente frente a su mirada.
No sabía cuánto tiempo había pasado ni desde cuándo estaba allí; ni cuántas estaciones habían rotado hasta ser invierno; pero sí, ese era él. En un barrio sin nombre, en una calle desconocida, en un rincón del mundo, dos extraños caminan y se alejan entre la nieve.
No sabía cuánto tiempo había pasado ni desde cuándo estaba allí, pero todo recordaba a una blanca postal invernal, sin remite, con lápiz y en cursiva, donde alguien había escrito:
A veces tengo la impresión de estar viviendo situaciones en épocas incorrespondidas. Desde hace unos años, en primavera, cuando las flores florecen, las tardes atardecen y otros deciden engendrar; cuando es tiempo de descubrirse, de salir y disfrutar del buen tiempo, cuando todo esto pasa, resulta que en mi vida algo muere. Sí, algo acaba.
Puedo verlo como el fin de un fin. O como el principio de un nuevo principio. Como algo que muere o como la oportunidad para que crezca algo nuevo. Pero lo cierto es que ninguna de las dos cosas son excluyentes. Pero así es la vida ¿no? El ciclo de la vida. Nacer, vivir y morir. Todas esas cosas que sabemos y a la vez ignoramos.
Así que, esta primavera, siguiendo el ritual, las flores florecerán, las tardes atardecerán y otros decidirán engendrar; en mi caso, algo morirá. Quizá, una golondrina anide en mis ojos; quizá ella encuentre el hilo de Ariadna.
Me hubiera quedado allí el resto de mi vida. Mirando aquel azulejo blanco, aquel punto negro; escuchando el pasar de gente desconocida caminando hacia una dirección posiblemente equivocada. Encerrada en uno de los dos baños de la primera planta sentía como mi respiración se aceleraba, el sonido parecía derramarse en el pecho, en los oídos y hasta por las paredes de la estrecha habitación. Esto es la intimidad, pensé, una hermosa y triste metáfora, un intento desesperado por salvaguardar lo sagrado.
Y así estaba yo, sentada sobre la taza del inodoro, puerta izquierda, primera planta. No era lugar para llorar, ni para refugiarse, ni para esconderse. Aquel habitáculo solo conjugaba con verbos como verter, deshacer, abandonar, y aún así, había algo lírico en él. Como en Memento retrocedí la memoria en imágenes: azulejo blanco, punto negro, respiración agitada, gota fría surcando los labios, frío en las manos. El mundo parecía en calma, sí -¿por qué no?-, una pequeña gota de caos no es nada frente a un universo.
Me enjugué las lágrimas y crucé la puerta. Me miré en el espejo -continúa-, me lavé las manos -sigue-, recogí la mochila y la chaqueta -no te pares-, y salí al pasillo. Arrastré mis pies hasta la mesa más próxima, deposité en ella mis cosas, aparté la silla y me senté.
Sí, esa era yo, un color invisible, un frecuencia inalcanzable, una imagen más, una persona menos. Extraje mi libreta y un lápiz -respira-. Y comencé a escribir:
"Me hubiera quedado allí el resto de mi vida [...]".
Y de repente un día no podía imaginarse con nadie más.
Estaba en todas las fotografías del mundo, tenía el sabor de todos los helados, el olor de cada jazmín, el brillo de cada constelación. Y ya no importaba cuánta distancia hubiese, ni aquel cielo azulado en un otoño en expansión. Era indiferente que noviembre acabara de terminar.
El universo era un mito y solo ellos podían hacerlo real.
Conquistarían cada recoveco de un mundo llamado Deirdre y llamarían a sus hijos Luna y Sol. Ya estaba decidido. Vivirían sobre una hoja de nenúfar y comprarían algodón de azúcar los domingos por la mañana. Ella se pintaría las uñas de cada dedo de un color y el llevaría la pulsera de espigas que le había regalado. Su única arma sería de nácar y la esconderían tras los labios.
Aquella idea cobraba fuerza, a cada paso era más sólida. Aquella idea la invadía, lentamente. Aquella idea se derramaba dentro, le recorría los ojos, bajaba por sus labios, le alcanzaba las clavículas y le prendía el corazón. Impulsada desde cada ventrículo le inundaba el estómago. Al ritmo de su respiración, aquella idea, fluía por su vientre, caía en el abismo oculto entre su falda, resbalaba en sus muslos y yacía bajo sus pies.
Aquella idea explosionó, partida en mil millones de colores.
Aquella idea viviría siempre en sus pupilas, el lugar donde se hizo el amor.
Eso que ves a la deriva es mi visión de la vida. Lo hago constantemente. Floto y fluyo.
Antes vivía preocupada porque necesitaba saber hacia dónde iba. Ahora sé que solo necesito creer que voy a alguna parte, aunque solo sea para sobrevivir. Y a veces me entristece no tener un rumbo, no elegir un camino, no conseguir definir un trayecto y llegar hasta él. Otras veces comprendo que ni es tan malo ni tiene tanta importancia. Sigo a flote, a la deriva, pero a flote. Y observo el mundo y lo que contiene. Cada objeto inanimado es un pedazo de alguna historia, la declaración de una persona o una metáfora de la vida.
Crecí en una casa donde no se solía hablar demasiado, donde el silencio formaba parte de la dinámica del día a día. Y simplemente aprendí a mirar al mundo. Un acto fascinante, doloroso, adictivo.
No quería hablar de las decepciones, del desengaño, ni de todas aquellas situaciones incómodas que la habían llevado a aislarse. Construyó con libros su hogar; abiertos en sesenta grados eran su tejado, abiertos de par en par, su colchón, y apilados unos sobre otros, su almohada. No necesitaba más para continuar caminando hacia un destino incierto y amable.
Ella no quería hablar de los otros. No quería hablar del tiempo pasado, ni de como había intentado estirarlo, como uno de esos viejos chicles que permanecen pegados bajo los pupitres, año tras año. Cada recuerdo, inerte e inmóvil, permanecía ocupando un espacio bajo su coraza. Y no deseaba hablar del atisbo de dolor que le punzaba el pecho, ni de la confusión que le generaban aquellos desvelos. Se asfixiaba convenciéndose de que no tenía nada que decir de todas esas vivencias.
Y allí donde la encontrases siempre calzaba las mismas frases, contaba las mismas historias, repetía los mismos detalles, vestía las mismas mentiras. No dejaba de repetirse que no quería hablar de todo aquello, una y otra vez, incesante, se negaba a sí misma: no quiero hablar.
Su imagen era poliédrica y opaca, pero, a veces, al mirarla, no podías evitar pensar que en algún momento inesperado y sorpresivo surgiría una chispa que la hiciera reconocerse. En ocasiones pensé que quizá el eco de su propia voz, un golpe, una pesadilla o una caída fortuita la harían escucharse desde fuera hacia dentro, dándose cuenta así de lo absurdo de su propósito.
Sin embargo, allí estaba yo, a su lado, incapaz de romper la ilusión, viendo lo que ella no veía y escuchando la historia de aquello de lo que nunca quería hablar.
Quiero ser capaz de decirme todas estas cosas a mí misma. Porque sé que he sido capaz de decírselas a otras personas a las que estimo y quiero, porque creo que son verdaderas, porque lo siento así, porque lo bueno y lo malo que me ha enseñado la vida hasta ahora también me dice que es así.
Pese a llevar mucho tiempo sin escribir nada por este blog, siento la necesidad de dedicar este vídeo a alguien que tiene nombre de Ángel y corazón de nube. No sabía que tuviera un amigo en ti, y sin saberlo, cuando lo he necesitado, has estado ahí. Mil gracias.
Y hoy el oficio de la calle Oficios ha sido llover. Llover a cántaros, calarse. Y las gitanas y el romero de sus manos, y las goteras, y las grietas de los zapatos, y los souvenirs granadinos, han estado presentes. Ha llovido más que en otras calles, porque cada adoquín, cada una de las piedrecitas primorosamente colocadas en el suelo, sobre el asfalto, parece que hubiesen acumulado la cantidad de agua precisa y justa que pudiesen contener entre sus paredes.
He sentido la lluvia. Dentro, muy dentro. Como si el desplome de cada gota resonara aquí, en el pecho. Durante unos instantes, y aunque tenía prisa, y aunque el frío me sienta fatal, y aunque estaba empapada, no pude evitar pararme, en seco, y escuchar el agua caer.
Les dejo con Fanfarlo. El primer video me parece muy divertido, me imagino que en mi cuarto pasa eso mientras duermo y me da la risa. El segundo, tiene un ritmo tan contagiosamente alegre, que es imposible querer irse a dormir.
Un día de invierno, mientras me aventuraba a cruzar una carretera pasando por encima de la mediana, un folio enrollado sobre sí mismo se acercó tímidamente hasta mis botas. Si fuera franca y menos fantasiosa, diría que sencillamente el impulso del aire que levantó uno de los vehículos al pasar, hizo que el rollo de papel llegase hasta mis pies.
Cuando lo miré por primera vez, dudé entre aprovechar y cruzar la carretera o agacharme a recogerlo. Tuve la necesidad de hacer lo segundo. Me sorprendió comprobar lo pulcro que estaba el folio pese a estar deambulando en mitad de ninguna parte. Hacía frío y recuerdo que tuve que quitarme el guante derecho para poder desenrollar la gomilla que lo rodeaba. Se dilataron mis pupilas y comencé a leer aquellas palabras escritas a mano, quizá, quién sabe, con una pluma Montblanc o un Bic negro.
Aún no siendo el mejor de los sitios para saborear una lectura, no pude seguir mi camino. Imantados en la oscuridad, mis ojos y aquellas letras, siguieron juntos desde la primera palabra hasta la última.
Deseo que un ápice de la emoción que yo sentí al leerlo traspase esta pantalla, llegue al corazón y la mente de quien ahora lo lea.
Te deseo primero que ames, y que amando también seas amado. Y que, de no ser así, seas breve en olvidar y que después de olvidar no guardes rencores. Deseo, pues, que no sea así, pero que si es, sepas ser sin desesperar.
Te deseo también que tengas amigos, y que, incluso malos e inconsecuentes, sean valientes y fieles, y que por lo menos haya uno en quien puedas confiar sin dudar.
Y porque la vida es así, te deseo también que tengas enemigos. Ni muchos ni pocos, en la medida exacta, para que, algunas veces te cuestiones tus propias certezas. Y que entre ellos, haya por lo menos uno que sea justo, para que no te sientas demasiado seguro.
Te deseo además que seas útil, mas no insustituible. Y que en los momentos malos, cuando no quede más nada, esa utilidad sea suficiente para mantenerte en pie.
Igualmente, te deseo que seas tolerante; no con los que se equivocan poco, porque eso es fácil, sino con los que se equivocan mucho e irremediablemente, y que haciendo buen uso de esa tolerancia, sirvas de ejemplo a otros.
Te deseo que siendo joven no madures demasiado deprisa, y que ya maduro, no insistas en rejuvenecer, y que siendo viejo no te dediques al desespero. Porque cada edad tiene su placer y su dolor y es necesario dejar que influyan entre nosotros.
Te deseo de paso que seas triste. No todo el año, sino apenas un día. Pero que en ese día descubras que la risa diaria es buena, que la risa habitual es sosa y la risa constante es malsana.
Te deseo que descubras, con urgencia máxima, por encima y a pesar de todo, que existen, y que te rodean, seres oprimidos, tratados con injusticia y personas infelices.
Te deseo que acaricies un gato, alimentes a un pájaro y oigas a un jilguero erguir triunfante su canto matinal, porque de esta manera te sentirás bien por nada.
Te deseo también que plantes una semilla, por más minúscula que sea, y la acompañes en su crecimiento, para que descubras de cuantas vidas está hecho un árbol.
Te deseo, además, que tengas dinero, porque es necesario ser práctico. Y que por lo menos una vez al año pongas algo de ese dinero frente a ti y digas: "Esto es mío", sólo para que quede claro quien es el dueño de quien.
Te deseo también que ninguno de tus afectos muera, pero que si muere alguno, puedas llorar sin lamentarte y sufrir sin sentirte culpable.
Te deseo por fin que, siendo hombre, tengas una buena mujer, y que siendo mujer, tengas un buen hombre, mañana y al día siguiente, y que cuando estéis exhaustos y sonrientes, habléis sobre amor para recomenzar.
Si todas estas cosas llegaran a pasar, no tengo nada más que desearte.
- Buscando por la red he visto que, en realidad, este texto es un poema y no está escrito en prosa. Sin embargo, y por el tremendo cariño que le tengo, he querido reproducir el texto tal cual yo lo encontré escrito.
- Investigando más profundamente, descubro que este poema tiene una autoría dudosa e incierta, pero que muy posiblemente sea obra del periodista y poeta contemporáneo Sergio Jockymann (Brasil 1930), quien publicó estas palabras en el Jornal Folha da Tarde de Porto Alegre, allá por 1980. En Internet, sin embargo, son muchos los que erróneamente atribuyen el poema a Victor Hugo.
Camino de vuelta a casa. Mis botas nuevas pasean por las ancianas calles de Granada. Paso a paso descubro que algunas de las tiendas que daba por abiertas, han acabado cerrando y reconvirtiendose en un negocio totalmente distinto. Por ejemplo, una preciosa papelería que hacía esquina en la calle Puentezuelas, ahora es una frutería. Otra que antes vendía estuches y cosas para escolares ahora es una tienda de ropa... ¿objetos de primera necesidad?
Sigo andando. Hace sol y la piel de mi cara lo agradece. Siento: puestos ambulantes, olor a comida casera, ruido de coches que pitan, niños con sus mochilas, tacones altos resonando, pareja que se besa la nariz en el semáforo (qué oportunos son los semáforos estando en pareja, tanto si es para darle un beso como un empujón), niñita que no quiere sentarse en el carricoche.
Llego hasta San Juan de Dios y a la altura del Hospital San Rafael (de Santos está repleto el camino), me duele un gemelo. Ya se sabe, los niños de hoy en día dan mucho que hacer y más aún si no sabes quién es el padre. Me siento. Observo como gente sube y baja por la calle. Mientras, yo relajo los músculos de mis piernas en un unconfortable banco. Un grupo de tres chicos jóvenes con aspecto de despreocupación están hablando. De repente uno de ellos alza más la voz y dice:
Presto atención a sus pasos, sus gestos y miradas. Llevan consigo un par de perros a los que dejan beber en una fuente instalada en la misma vía pública. Pienso en los posibles efectos que puede causar el crack en una persona que es adicta a él, me doy cuenta de que aparte de saber que es una droga, no sé nada más. Pienso, también, en las consecuencias de ser adicta a las revistas y/o programas del corazón. Todo depende de cómo te lo tomes, dicen algunos.
Pero lo cierto es que no. No depende en absoluto del uso o abuso que hagas de una droga como el crack o de un programa del corazón. Podemos justificarlo, podemos encontrar detonantes... decir, por ejemplo: veo los programas del corazón, porque en la televisión no dan otra cosa; o decir: Consumo *ponaquíladrogaquemásrabiatedé* porque mis amigos lo hacen. Pero al final, quien toma esa decisión eres tú. Luego se trata, una vez más, de decidir.
No sé hasta qué punto es mejor consumir crack que revistas del corazón, o viceversa. Lo que sí sé es que aplaudo a aquellos que hacen lo que quieren hacer, no porque la sociedad les arrastre a ello, no porque no les quede más remedio, no porque otros lo hagan, esté de moda, se venda barato o por lo que piensen los demás.
En otro orden de conclusiones, y sin más argumento que la propia hilaridad de mis pensamientos, creo que las personas que ponen los nombres a las revistas del corazón y los que ponen los nombres a algunas drogas, estando dentro de ese mundo y usando ese argot, deben tener una limitada capacidad imaginativa, cosa que seguramente es muy normal teniendo en cuenta con qué ejercitan sus neuronas.
Pedales de bicicleta: maquinillas de cortar el pelo a las distancias.
Pingüino: es una palabra atacada por las moscas.
Los gansos andan en zapatillas.
El ciprés es un pozo que se ha hecho árbol.
La mariposa lleva a su gusano de viaje.
Sólo el poeta tiene reloj de luna.
El gato tiene pelo de presidiario.
La cebra es un animal que luce por fuera su radiografía interior.
Idem" es una palabra ahorradora.
Al ombligo le falta el botón.
En el río pasan ahogados todos los espejos del pasado.
Los cocodrilos están siempre en pleno concurso de bostezos.
La serpiente mide el bosque para saber cuantos metros tiene y decírselo al ángel de las estadísticas.
Los dulces finos son servidos en diminutos paracaídas.
El café con leche es una bebida mulata.
Estamos mirando el abismo de la vejez y los niños vienen por detrás y nos empujan.
Tenía tan mala memoria que se olvidó de que la tenía y comenzó a recordarlo todo.
Mientras nos bañamos se nos ahogan algunos recuerdos.
Trineos: mecedoras para la nieve.
Era un pintor tan viejo que se le habían quedado los pinceles calvos.
El acordeón tenía los pantalones rotos.
Aquel despacho olía a libros malos.
Los cereales son náufragos perdidos en la leche, la cuchara es el barco que los rescata.
El mar es azul porque el cielo destiñe cuando llueve.
Cuando caen rayos hay que decir ¡pa-taa-taaa!
Greguería = Humorismo + Metáfora
Se me olvidan muchas más frases que, a buen seguro, me dejo en el tintero. Son divertidas, ocurrentes, imaginativas y emotivas por la sencilla razón de que transgreden lo evidente, lo simple y lo común.
A Ramón Gómez de la Serna le debemos más de una, greguería me refiero. Fue allá por los inicios del siglo XX cuando este humilde caballero español soltó la melena de las vanguardias y se paseó por las ciudades de una España tan ancha como la cintura de un alfiler. Empezó participando en tertulias de aquel Café Pombo, alojado en una calle de librerías y tiendas ortopédicas, y no dejó de escribir, dejando a su paso y tras él una prolífica y vasta obra que llega hasta nuestros días.
Ser capaz de imitar de tal manera los distintos cantares de un gallo y escribir obras como Automoribundia, sólo puede ser fruto de la mente de un genio hecho persona.
Quizá algún día sabrás que, como tú, yo soy una niña bonita. Caí al precipicio de mis miedos y no cerré los ojos. Allí te conocí.
Podemos fingir que nunca antes nos hemos visto. Si quieres, podemos cruzarnos en la calle San Juan de Dios y contener la respiración. Ser mudas en ese instante fotográfico y velar el cliché. Podemos, también, hacernos un guiño y confirmar lo que temíamos: tú eres tú, yo soy yo. A grandes verdades, sonoras carcajadas. Es el momento. Fugaz pero inolvidable.
Buscando el final, alguna ha abierto los ojos y ya no está. Y aquí, en este mundo de colores sin parangón, sólo el aire sabe que hemos compartido estancia. Será doloroso si lo piensas y no lo digieres cual pienso; si lo sueñas y no lo vives; si te dan por loca y no eres más que una niña bonita.
No importa. Ambas, cientos, miles, millones de niñas bonitas han de buscar el final del tobogán. Esquivaremos la nimia, pequeña e inexistente idea de que hubo un momento en el que compartimos la misma verdad.