No necesitas gran cosa. Solo una motivación y la confianza total en una ilusión. Un espejismo. Algo incorpóreo que en tu mente cobre vida y sentido. De hecho, son necesarios todos los sentidos. Ponle algo de color, el que más te guste, un toque de ese olor que tanto anhelas respirar, el tacto de algo que te dé tranquilidad, el sonido de esa canción que te hace sentir la victoria y el sabor... el sabor será tu recompensa.
Sucederá. Te irá llenando poco a poco, la notarás, pero no sabrás que es ella, será una caricia recorriéndote, noche tras noche. Un pensamiento analgésico antes de dormir y una razón vibrante antes de despertar. Será el gesto de aquel niño al cruzar; el tacto de la hierba un día de primavera; el sonido de una llave abriendo tu puerta. Será la que te esperará al final de las escaleras; la que te curará las heridas. Será, sobre todas las cosas, la más bella palabra dicha en todos los idiomas.
Estará dentro de ti; convirtiéndote en alguien mejor, alguien mucho mejor, creerás. Alguien que sonríe con ternura, alguien que da besos lentos, alguien que cocina con amor. Alguien feliz. Sentirás el alegre zigzagueo en el estómago, y, alguna inocente vez, una sutil punzada.
Es ella, no lo sabes y quizá no lo sepas nunca, pero no hay vuelta atrás, te ha calado. Crecerá lentamente, invadiendo tus huesos, tu sangre, tu sudor. El eco de tu voz y el olor de tu pelo; y tu piel, de terciopelo y nácar; y la cicatriz en tu vientre y hasta tu forma de cruzar las manos al dormir, son de ella. Todo cuanto construyeron en ti, ahora le pertenece.
Convivir con el dolor no es fácil, pero créela, entregarle la vida no será tu redención. Cuando ya no quede nada de ti, aún te quedará el recuerdo de lo que fue, de lo que significó, de esa luz que infundió con tanta facilidad como un día la extinguió. Verás la pasarela encerrado, desde tu insignificante mundo de cristal, y mentira a mentira, por fin saborearás esa extraña sensación de mirar la realidad con unas gafas que alguien graduó mal, muy mal.
No sabía cuánto tiempo había pasado ni desde cuándo estaba allí. Tenía los ojos cerrados cuando sintió el cosquilleo del pelo rozándole la cara. Un dulce despertar. Fue entonces, y no antes, cuando abrió los ojos y sonrió. Estaba nevando; pequeños, diminutos cristales de agua que se posaban en su cabello, bailaban levemente frente a su mirada.
No sabía cuánto tiempo había pasado ni desde cuándo estaba allí; ni cuántas estaciones habían rotado hasta ser invierno; pero sí, ese era él. En un barrio sin nombre, en una calle desconocida, en un rincón del mundo, dos extraños caminan y se alejan entre la nieve.
No sabía cuánto tiempo había pasado ni desde cuándo estaba allí, pero todo recordaba a una blanca postal invernal, sin remite, con lápiz y en cursiva, donde alguien había escrito:
"And above all, watch with glittering eyes the whole world around you because the greatest secrets are always hidden in the most unlikely places. Those who don't believe in magic will never find it."
"Y, sobre todo, mirar con ojos brillantes todo el mundo que te rodea, porque los mayores secretos están siempre escondidos en los lugares más inverosímiles. Aquellos que no creen en la magia nunca la encontrarán."
Es fácil olvidar algunas cosas importantes. Olvidar, por ejemplo, que la vida es un regalo -a veces un mal regalo, pero ofrenda, aún así-. Olvidar, sin querer, que estamos vivos; olvidar, por descuido o por interés, que todos estamos llamados a hacer algo. Postergar en un rincón que la vida es una lucha siempre -siempre una lucha-.
Cuando pienso que todo está inventado, que los malos son más que los buenos, que las desgracias son numerosas, y peores, que las alegrías; cuando caigo en la cuenta de lo tedioso que resulta mirar rostros insustanciales ataviados con miradas perdidas, grises, traslúcidas. Cuando repienso -sí, a veces vuelvo a pensar lo pensado- en cuántas cosas se han apagado por la desesperanza, el infortunio, la falta de valor o, simplemente, la creencia en su imposibilidad, es entonces cuando siento que queremos caer en ello.
Queremos jugar al juego que otros -sean quienes sean- han marcado.
"Vamos a jugar a algo que no quieres jugar, con unas normas en las que tú no has tenido nada que ver. Y sonríe, porque en realidad, estoy haciendo por ti lo que tú eres incapaz de hacer."
Acepta las normas, todas, sin cuestionarte nada, sin preguntarte porqué esas y no otras. Eso nos han dicho. No con esas palabras, claro; tampoco quizá de esas formas, pero es así, sucede, podríamos decir, como sucede que la nieve seca se hace vapor por sublimación.
Obviamente no digo que en un mundo globalizado e hipersocializado como en el que vivimos no deban existir normas para convivir, que faciliten la aproximación de posturas, de ideas y de creencias. Pero eso dista mucho de olvidar que también tenemos la capacidad de escuchar la voz de nuestro instinto, esa que hemos silenciado junto con la maravillosa y extraordinaria capacidad de crear nuestros propios juegos y normas. Es evidente que de los siete mil millones de seres humanos que se estima que hay en la Tierra, solo un pequeño porcentaje tendrá la posibilidad de percatarse de esta realidad. Peor, solo un número aún menor tendrá la suerte o capacidad para decidir a qué quiere jugar.
No sé si tú eres de los afortunados que han decidido vivir la vida, sin pisotear el juego de los demás, sin olvidar tu propio juego. No sé si crees que merece la pena luchar por tu juego o es mejor jugar al de los demás, aunque no te guste, aunque no lo entiendas, aunque sea injusto. Sea como sea, quiero recordar que la diferencia puede estar en ti; sí, es cierto, nadar contracorriente es francamente agotador, pero también, hay que decirlo, es una forma de elegir el qué has venido a hacer aquí.
Well you only need the light when it's burning low.
Only miss the sun when it starts to snow.
Only know you love her when you let her go.
Only know you've been high .
When you're feeling low.
Only hate the road when you're missing home.
Only know you love her when you let her go.
And you let her go.
Staring at the bottom of your glass,
Hoping one day you'll make a dream last,
But dreams come slow and they go so fast.
You see her when you close your eyes
Maybe one day you'll understand why
Everything you touch surely dies.
But you only need the light when it's burning low.
Only miss the sun when it starts to snow.
Only know you love her when you let her go.
Only know you've been high when you're feeling low.
Only hate the road when you're missing home.
Only know you love her when you let her go.
Staring at the ceiling in the dark,
same old empty feeling in your heart,
because love comes slow and it goes so fast.
Well you see her when you fall asleep.
But never to touch and never to keep.
Because you loved her too much .
And you dived too deep.
Well you only need the light when it's burning low
Only miss the sun when it starts to snow
Only know you love her when you let her go
Only know you've been high when you're feeling low
Only hate the road when you're missing home
Only know you love her when you let her go
And you let her go.
And you let her go.
Well, you let her go.
Because you only need the light when it's burning low.
Only miss the sun when it starts to snow.
Only know you love her when you let her go.
Only know you've been high when you're feeling low.
Only hate the road when you're missing home.
Only know you love her when you let her go.
Because you only need the light when it's burning low.
Only miss the sun when it starts to snow.
Only know you love her when you let her go.
Only know you've been high when you're feeling low.
Only hate the road when you're missing home.
Only know you love her when you let her go.
And you let her go.
A veces tengo la impresión de estar viviendo situaciones en épocas incorrespondidas. Desde hace unos años, en primavera, cuando las flores florecen, las tardes atardecen y otros deciden engendrar; cuando es tiempo de descubrirse, de salir y disfrutar del buen tiempo, cuando todo esto pasa, resulta que en mi vida algo muere. Sí, algo acaba.
Puedo verlo como el fin de un fin. O como el principio de un nuevo principio. Como algo que muere o como la oportunidad para que crezca algo nuevo. Pero lo cierto es que ninguna de las dos cosas son excluyentes. Pero así es la vida ¿no? El ciclo de la vida. Nacer, vivir y morir. Todas esas cosas que sabemos y a la vez ignoramos.
Así que, esta primavera, siguiendo el ritual, las flores florecerán, las tardes atardecerán y otros decidirán engendrar; en mi caso, algo morirá. Quizá, una golondrina anide en mis ojos; quizá ella encuentre el hilo de Ariadna.
uno sigue esperando
sin responder a nadie
entre otras cosas porque
las sombras no preguntan
uno estira el silencio
abandonado y torpe
con los ojos abiertos
y la esperanza inmóvil
el cielo está tan lejos
y la tierra tan cerca
que no vale la pena
soñar con el futuro
en secreto se aguardan
noticias del vacío
y sin embargo nadie
se asoma entre la niebla
Me hubiera quedado allí el resto de mi vida. Mirando aquel azulejo blanco, aquel punto negro; escuchando el pasar de gente desconocida caminando hacia una dirección posiblemente equivocada. Encerrada en uno de los dos baños de la primera planta sentía como mi respiración se aceleraba, el sonido parecía derramarse en el pecho, en los oídos y hasta por las paredes de la estrecha habitación. Esto es la intimidad, pensé, una hermosa y triste metáfora, un intento desesperado por salvaguardar lo sagrado.
Y así estaba yo, sentada sobre la taza del inodoro, puerta izquierda, primera planta. No era lugar para llorar, ni para refugiarse, ni para esconderse. Aquel habitáculo solo conjugaba con verbos como verter, deshacer, abandonar, y aún así, había algo lírico en él. Como en Memento retrocedí la memoria en imágenes: azulejo blanco, punto negro, respiración agitada, gota fría surcando los labios, frío en las manos. El mundo parecía en calma, sí -¿por qué no?-, una pequeña gota de caos no es nada frente a un universo.
Me enjugué las lágrimas y crucé la puerta. Me miré en el espejo -continúa-, me lavé las manos -sigue-, recogí la mochila y la chaqueta -no te pares-, y salí al pasillo. Arrastré mis pies hasta la mesa más próxima, deposité en ella mis cosas, aparté la silla y me senté.
Sí, esa era yo, un color invisible, un frecuencia inalcanzable, una imagen más, una persona menos. Extraje mi libreta y un lápiz -respira-. Y comencé a escribir:
"Me hubiera quedado allí el resto de mi vida [...]".