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viernes, 28 de junio de 2013

El refugio







- Entonces dice usted que nació en Sacramento pero que ha vivido casi toda su vida aquí.
- Sí, así es -dijo con voz temblorosa Elías-. La verdad es que prefiero la costa, el look habitual costero hace que cualquier hombre con un simple pantalón y camisa parezca elegante. Me gusta San Francisco -sonrió-.

El doctor Morrison arqueó una de sus cejas mientras le miraba por encima de sus gafas. Llevaba veintisiete años trabajando como especialista en problemas de conducta y no había habido ni un solo paciente que lo dejase indiferente, las ojeras del señor Ellison no auguraban que fuera a ser distinto.

- ¿He dicho algo extraño Dr. Morrison? -soltó una risilla nerviosa-.
- No, en absoluto, discúlpeme señor Ellison, me he distraído pensando en que tiene usted toda la razón, la gente de la costa tiene un gusto bastante informal a la hora de vestir, y si no ¡fíjese en mí! -volvió a mirar a su cuaderno al tiempo que reía-.
- Eso mismo pienso yo... pero fíjese, lo que me parece un desacierto social, para mí es una ventaja personal -hizo una pausa, como esperando recibir la confirmación de su idea en los ojos del doctor-. Y, por favor, puede llamarme Elías, si no siento que aún sigo en la oficina y me resulta incómodo.
- Claro, Elías... Elías, tuve un viejo amigo en la infancia que se llamaba así. Bueno, Elias ¿Por qué está aquí? -sonrió lacónicamente- .

La voz temblorosa de Elias afloró como un leve quejido, pero se aclaró la voz y contesto:

- Pues verá... No puedo dormir por las noches. No consigo dejar de pensar, ¿sabe? Desconectar.
- Entiendo -anotó algo en el cuaderno mientras asentía con la cabeza-. ¿Ha padecido usted algún trastorno del sueño? Como insomnio, terrores nocturnos, sonambulismo...
- No, nada de eso. Al menos que yo sepa, claro.
-¿Vive solo?
- Sí, bueno, ahora mismo vivo solo, durante los meses de verano. El resto del año vivo con mi sobrino Alfred. Está estudiando derecho, en la universidad de Berkeley, sabe usted.
- Entiendo. Y entonces, Elías ¿tiene algún problema o preocupación que le impida conciliar el sueño?
- No, lo cierto es que no. Llevo una vida muy ordenada. Solo concibo la vida así, con un orden inconsciente de las cosas, en el que lo uno va detrás de lo otro sin pausa.
- Así que es usted metódico en sus costumbres y hábitos.
- Sí, lo cierto es que sí. Yo no lo noto demasiado, llevo haciéndolo desde que tengo uso de razón. Mi madre, que en paz descanse, me inculcó una rigidez casi férrea en cuanto a estos hábitos, sabe usted.
- Comprendo -volvió a anotar algo en su cuaderno a la par que se subía las gafas hasta la altura de su ojos-. Entonces no ha habido ningún cambio, ni tiene ningún problema que usted reconozca. ¿Y en qué piensa durante las horas en que no puede dormir?
- En mi vecino -respondió rápidamente mientras mantenía la mirada fija en el doctor Morrison-.
- En su vecino... bien. ¿Qué le pasa con su vecino?
- Pues verá... -comenzó a frotarse las manos con lentitud- no sé cómo explicarlo, ni yo mismo lo entiendo
-la voz era cada vez más dubitativa y nerviosa, cogió aire y resopló-. Verá... yo... siento una desazón. Una especie de molestia constante que se manifiesta especialmente a la hora de dormir. El señor Fridge, bueno, mi vecino, quiero decir, es un hombre casado, con dos preciosas niñas y un jardín con butacas y piscina. Incluso tiene unos maceteros con geranios que yo mismo riego en los meses de verano, puesto que ellos se marchan a Sacramento con la madre de su esposa -hizo una breve pausa para mirar al doctor y continuó hablando atropelladamente-. La cuestión es que están de obras, están haciendo una especie de trastero subterráneo y...
- Un trastero -interrumpió el doctor-. En la casa de sus vecinos -Elias asintió con la cabeza- ¿Y le incomodan los ruidos derivados de la obra, quizá? -estaba claro que él tampoco iba a ser la excepción de sus pacientes, estaba sorprendiéndolo tanto como había imaginado-.
- No, no tiene nada que ver con eso -Elías se sentía cada vez más forzado a contar por primera vez qué era lo que no le dejaba conciliar el sueño, intentando sacar de sí mismo las palabras que tantas veces había pensando pero nunca verbalizado-. La cuestión es que ese trastero -hizo un gesto con los dedos para entrecomillar la palabra- no es precisamente para guardar los trastos que no tienen cabida en el resto de la casa.
- Vaya ¿Y entonces para qué lo usarán? ¿Algún fin poco lícito?
- Es un refugio -dijo en voz muy baja, susurrando-. Para salvaguardarse en caso de una especie de apocalipsis o fin del mundo, o algo así. No sé, en realidad, qué clase de terribles catástrofes pueden pueden acontecer a una familia, pero me parece una barbaridad.
- Entonces no le gusta que sus vecinos piensen que cabe la posibilidad de que el fin del mundo se acerque -el doctor Morrison quería llegar al quid de la cuestión, pero cuanto más indagaba menos comprendía-.
- No ¡qué tontería! -dijo con una pizca de indignación-. Me da exactamente igual lo que ellos piensen. Lo que me importa es que tienen un lugar para protegerse ¿De qué? No lo saben, pero ellos lo han construido. Y llevan embaucados en ese proyecto -de nuevo volvió a entrecomillar la palabra con los dedos- durante años. 
- Bueno, quizá simplemente quieran tener una posibilidad de salvarse en caso de que eso suceda. Las creencias en este tipo de cosas son muy variadas, desde supersticiones, tradiciones familiares o simplemente religiosas. En cualquier caso, Elias, ¿por qué le impide eso dormir?
- Porque se salvarán -dijo en un tono tajante.
- Pero para salvarse primero deberían estar en peligro ¿no? Y que sepamos no corren ningún riesgo, ni ellos ni el resto de la humanidad, al menos, a este respecto. Además usted ha dicho que nadie puede anticipar semejante acontecimiento. Si sucede, es poco probable que sea algo predecible.
- Ya... pero ¿y si sucediera? Se salvarían, sobrevivirían.
- Bueno, permítame que le diga que en la misma situación habrá otras tantas familias e individuos, con parecidas o idénticas creencias; guardando en habitáculos subterráneos de sus casas latas y latas de sopa precocinada y barritas nutritivas. Si por un casual ocurriese algo, y si por un casual ellos se salvasen, se salvarían también muchas otras personas. Así que el señor Fridge y su familia solo serían una más de otras tantas.
- Ya, pero usted no conoce a los Fridge -su mirada parecía abstraerse en sus propias elucubraciones, estaba dejando de hablarle al doctor para hablarse así mismo-. Nadie les conoce... nadie. Usted no los ha visto como los he visto yo, día tras día, noche tras noche. Adorando su pequeño refugio.
- Elías -interrumpió el doctor- nos estamos desviando de su problema. No puede dormir por las noches ¿recuerda?
- Desviando la preocupación... -repitió, devolviendo la mirada al doctor-.

Sobrevivirán, esa palabra había resonado en la mente de Elías durante muchos meses.

El doctor Morrison, sin embargo, seguía sin comprender cual era la relación entre no poder dormir y necesitar esa ferviente seguridad; peor aún, no era capaz de atisbar el porqué no sentirse seguro venía determinado porque sus vecinos estuvieran construyendo un lugar donde esconderse si el fin del mundo se aproximaba. Después de todo, la seguridad es algo que nace en el interior de cada uno, algo que se cultiva y crece.

 ¿O no? -pensó para sí el doctor-.

Estaba en lo cierto. Elías quería poseer esa seguridad, esa sencilla manera de sentirse resguardado, de pensar que aferrándose a ese algo sobrevivirás a todo lo que acontezca. Elías había depositado su seguridad en la vida de los Fridge, de la misma manera que ellos habían puesto todas sus esperanzas en erigir un refugio dentro de su hogar. ¿Y qué pasaba con la triste idea de abandonar este mundo y dejar en él todo lo que te ha hecho sentir seguro? Fuese un refugio o una familia. Partir, después de morir, hacia un lugar desconocido; solo y desnudo, sabiendo que la vida continua, ahora sin ti.




domingo, 9 de diciembre de 2012

Mira

Ludovico -  Nightbook


Mira
Una lágrima.
Una oración.
Este es tu equipaje.
Esta es tu canción.

Tin tin tin.
Con cada pestañeo, tintinea
tintinea tu corazón,
golpea el pecho,
late el interior.

Tin tin tin.
Con cada paso, tinta
tinta tu corazón,
cambia su color,
pinta el exterior.

Mira.
Abre bien los ojos.
Un solo disparo,
directo al esternón.
Una lágrima.
Una oración.
Ese es tu equipaje.
Esa es tu canción.


Aida H.C



miércoles, 8 de agosto de 2012

Inanimados



Eso que ves a la deriva es mi visión de la vida. Lo hago constantemente. Floto y fluyo.

Antes vivía preocupada porque necesitaba saber hacia dónde iba. Ahora sé que solo necesito creer que voy a alguna parte, aunque solo sea para sobrevivir. Y a veces me entristece no tener un rumbo, no elegir un camino, no conseguir definir un trayecto y llegar hasta él. Otras veces comprendo que ni es tan malo ni tiene tanta importancia. Sigo a flote, a la deriva, pero a flote. Y observo el mundo y lo que contiene. Cada objeto inanimado es un pedazo de alguna historia, la declaración de una persona o una metáfora de la vida.

Crecí en una casa donde no se solía hablar demasiado, donde el silencio formaba parte de la dinámica del día a día. Y simplemente aprendí a mirar al mundo. Un acto fascinante, doloroso, adictivo.


Aida H.C

sábado, 23 de junio de 2012

Mi


"Veo un músico, un músico famoso. Van a suspenderme en Cultura General porque reconozco su cara y no recuerdo su nombre. ¿Por qué serán tan feos los grandes músicos y tendrán el ceño y el mentón crispado y cara de muleros, cuando sus almas deben ser de seda y su corazón del olor de una flor? Sus dedos resbalan sobre el piano y mi alma se sobrecoge porque lo que esta creando es bellísimo. Me gusta y me admiro de lo que oigo tanto como mi capacidad para retenerlo, ya casi me lo sé de me memoria. La razón es muy sencilla. El pianista comienza, se inspira, sus dedos tan pronto rozan como golpean, como acarician las teclas. Pero al llegar a un punto determinado, se detiene, tuerce el gesto, alza los ojos al vacío, buscando algo que no encuentra, se enfada, y cierra con violencia el piano. 

Le veo pasear, golpear el suelo con los pies como un niño rabioso. Vuelve al piano. Cuando son sus dedos los que hablan, vuelvo a quedar extasiada. Pero al llegar al mismo punto que antes, se detiene, se peina los cabellos y jura no pasar adelante sin encontrar lo que busca. Y entonces, solo entonces, caigo en la cuenta de que a quien busca es a mí. A mí, en la doble acepción del término: porque yo soy "mi", la nota musical "mi", y me he escurrido voluntariamente de su inspiración porque hoy es mi cumpleaños y quiero tomarme unas vacaciones. Además, me enfada tanta obstinación. Tiene mil combinaciones posibles para seguir adelante sin necesidad de utilizarme. Estoy agazapada, sin moverme de mi escondrijo. En el momento mismo en que me desplace o intente cambiar de postura, me advertirá: "Aquí te tengo" -dirá triunfal. Y me utilizará como un escritor utiliza una diéresis o unos puntos suspensivos. Y hoy quiero ser para mí misma. Me había prometido una noche de libertad y lo conseguiré mal que le pese a este monstruo de la naturaleza: tirano de los de su especie.

Cuando yo era pequeña, era un puro sonido cristalino producido por una gota de agua al chocar con una piedra en un manantial que nacía del Kilimanjaro. A pesar de mis pocos años no tarde en comprender que un ruiseñor se había prendado de mí. Se posaba una y otra vez sobre una rama que se abatía sobre el agua y me escuchaba con profunda atención. Movía la cabeza con gran complacencia intentando percibirme, y aunque eran muchas las distintas notas que brotaban de aquel manantial, cuando la que sonaba era yo, experimentaba un extraño temblor y sus plumas se espojoneaban de placer. Una mañana, al alba, no podre olvidarlo nunca, el ruiseñor se puso a cantar. Había conseguido meter en sus garganta a casi todas las notas de lo que hoy se llama pentagrama, excepto a mí. No puedo ocultar que fui feliz cuando me raptó, porque era mucho más fascinante viajar con él que permanecer siglos y siglos anunciando a la gota que caía sobre la piedra.

El ruiseñor fue un excelente maestro de cantores y, a lo largo del tiempo, fui siendo heredera de padres a hijos por los descendientes de quien me robó. Hasta que un día, pasados los siglos, vi que un hombre peludo hacia con el ruiseñor lo que el ruiseñor hizo con la gota de agua. Tenia en los labios un instrumento formado de varios tubos de caña que creo que ahora se llaman "siringa", y soplaba por ellos y producía sonidos; unos gratos, desapacibles otros. Intentaba sobre todo imitar una nota que la garganta del ruiseñor poseía, pero su siringa no. Cuando lo consiguió, mi destino cambió de norte. ¿Mentiría al decir que fui más feliz con los ruiseñores que con el manantial, y más aún con los hombres que con los ruiseñores? Estos son más perversos, pero más artistas. El ruiseñor me usaba para advertir a sus congéneres y sus rivales que en aquella fronda había establecido su cazadero de moscas, mosquitos y pulgones voladores, y que nadie se atreviese a acercarse. Hora es ya de deshacer el equivoco de que los ruiseñores cantan para atraer a su pareja. Mentira. El suyo no es un canto de amor, sino de guerra. Y si las hembras se acercan a ellos es porque saben que tienen piso, que están bien instalados, y que ese no seria mal sitio para erigir un hogar. El hombre, en cambio, me utiliza sin buscar en mí utilidad alguna. He sido una nota muy feliz con los humanos. Solo por placer. Por gusto de crear y recrearse conmigo. He sido una nota muy feliz con los humanos. Han abusado de mí, pero...

¿de quien no han abusado?"



Os recomiendo ver la película El velo pintado (The painted veil), una película que muestra la gran calidad del actor Edward Norton. Nunca es tarde para recapacitar sobre cada uno de los pasos dados en la vida, aunque solo nos quede eso, recordarlos con alegría o con dolor, nunca es tarde para estrujarlos hasta que derramen ese gota de sabiduría. 

jueves, 25 de noviembre de 2010

La fuerza de un gesto


Ella es la imagen de una mujer perdida en la memoria. Es la chica de la limpieza de un edificio de tu ciudad. La que se despide de sus hijos en la cancela del colegio, la banquera que te atendió esta mañana al consultar el saldo de tu cuenta, la camarera de la esquina del bar al que acudes con frecuencia; es también la cantante de esa canción que tanto te gusta y podría ser, porqué no, hasta la que ha escrito esta redacción. Ella es la foto que siempre queda sin archivar en cualquier álbum familiar, y es también con la que chocaste accidentalmente un lunes por la tarde.

De un lado puedo sentir el frió que cala sus pies descalzos. La habitación muy iluminada. Veo que mantiene agachada la cabeza y recogidas en los bolsillos las manos. Caen los mechones de su pelo sobre su rostro; tiene la mirada perdida en algún lugar del suelo que pisa y los huesos cansados de tanto soportar. La mente ausente. El sentimiento sitiado. La lágrima que cae y arrastra el miedo, el dolor y la caricia de una vida no vivida. Las palabras dormidas que nunca dirá, la expresión contenida que ha tenido que aprender a gozar.

¿Y del otro lado?

Del otro lado, el. Él no sabemos qué es. Y definirlo sería luchar contra el silencio de su existencia. Y ella, la que permanece perdida en la memoria, la limpiadora, la madre, la banquera, la cantante, la escritora, la foto olvidada, sí, aquella con la que tuviste un encuentro desafortunado, ella, en definitiva, mujer, persona, ser, reconoce sus pasos al entrar en el pasillo de su casa, todos los días. Y siento el miedo anclado a su piel. Es entonces cuando el aire parece condensarse y respirar se convierte en un acto voluntario y, la vez, absurdo.

Está sentada en el sofá del salón pero todo su cuerpo se encuentra rígido. Se pregunta si tal vez ha muerto, y es ahí, en ese momento, cuando lo ve entrar a él, el que no sabemos qué es. Desde esa distancia él farfulla, frunce el ceño e inclina la mirada. No obtiene respuesta y parece que su particular paciencia se acaba. Y es que ella está paralizada, congelada en el guión de una historia que no sabe cómo cambiar. Tiene mucho que decir porque no hay forma de entender de dónde proviene la humillación, el desprecio, la ira y la rabia que tan fácilmente él, como un regalo, le prepara diariamente.

Se para el tiempo, y para cuando quiere darse cuenta él ha quebrado todo. Dentro y fuera de ella ya todo se ha agrietado y está apunto de romperse. Así, en un instante, en un soplo, en un momento, en un solo movimiento se lleva a cabo la violencia sin causa.

Y no, no ha perdido la vida, pero se ha desligado de su alma. Y sí, sí ha sobrevivido, pero no ha recuperado su mirada.

Y es que, a veces, la fuerza de un gesto, puede quitarnos la voz y robarnos la palabra. 

jueves, 5 de noviembre de 2009

Greguerías, definiciones y otras conclusiones


  • Pedales de bicicleta: maquinillas de cortar el pelo a las distancias.
  • Pingüino: es una palabra atacada por las moscas.
  • Los gansos andan en zapatillas.
  • El ciprés es un pozo que se ha hecho árbol.
  • La mariposa lleva a su gusano de viaje.
  • Sólo el poeta tiene reloj de luna.
  • El gato tiene pelo de presidiario.
  • La cebra es un animal que luce por fuera su radiografía interior.
  • Idem" es una palabra ahorradora.
  • Al ombligo le falta el botón.
  • En el río pasan ahogados todos los espejos del pasado.
  • Los cocodrilos están siempre en pleno concurso de bostezos.
  • La serpiente mide el bosque para saber cuantos metros tiene y decírselo al ángel de las estadísticas.
  • Los dulces finos son servidos en diminutos paracaídas.
  • El café con leche es una bebida mulata.
  • Estamos mirando el abismo de la vejez y los niños vienen por detrás y nos empujan.
  • Tenía tan mala memoria que se olvidó de que la tenía y comenzó a recordarlo todo.
  • Mientras nos bañamos se nos ahogan algunos recuerdos.
  • Trineos: mecedoras para la nieve.
  • Era un pintor tan viejo que se le habían quedado los pinceles calvos.
  • El acordeón tenía los pantalones rotos.
  • Aquel despacho olía a libros malos.
  • Los cereales son náufragos perdidos en la leche, la cuchara es el barco que los rescata.
  • El mar es azul porque el cielo destiñe cuando llueve.
  • Cuando caen rayos hay que decir ¡pa-taa-taaa!

Greguería = Humorismo + Metáfora

Se me olvidan muchas más frases que, a buen seguro, me dejo en el tintero. Son divertidas, ocurrentes, imaginativas y emotivas por la sencilla razón de que transgreden lo evidente, lo simple y lo común.

A Ramón Gómez de la Serna le debemos más de una, greguería me refiero. Fue allá por los inicios del siglo XX cuando este humilde caballero español soltó la melena de las vanguardias y se paseó por las ciudades de una España tan ancha como la cintura de un alfiler. Empezó participando en tertulias de aquel Café Pombo, alojado en una calle de librerías y tiendas ortopédicas, y no dejó de escribir, dejando a su paso y tras él una prolífica y vasta obra que llega hasta nuestros días.

Ser capaz de imitar de tal manera los distintos cantares de un gallo y escribir obras como Automoribundia, sólo puede ser fruto de la mente de un genio hecho persona.




- Enlace de interés sobre Ramón Gómez de la Serna.
- Enlace desde el que podemos acceder a un interesante vídeo-reportaje sobre el autor y su vida.